sábado, 27 de mayo de 2017

Muchacho punk - Suburbano

Muchacho punk - Suburbano


Cabría preguntarse cuándo desapareció la palabra rock del vocabulario de la cultura pop. Si la clave de la cultura pop es la actitud, no hay nada con tan clara actitud rebelde como el rock. Y sin embargo, ya nadie habla de actitudes rock. Todo lo ha absorbido el pop.

A esa situación se enfrenta Gopegui en su novela Deseo de ser punk (2009). Una reivindicación de la música rebelde, dura, roquera, frente a lo blando, melódico y dulce. Es decir, una crítica a lo más pop del pop desde el rock porque: “Lo malo que tienen las canciones de mis padres es que no son del todo horribles, no son del todo pop. Pero son tan mentirosas y tan blandas.” (p. 52) La narradora se enfrenta así a La Oreja de Van Gogh, Bonnie Tyler, Los Secretos, The Beatles, Arctic Monkeys y Belle and Sebastian. Y, con el paso de las páginas, va abrazando consecutivamente a Extremoduro, a Reincidentes, a Fe de Ratas, a Leño, a Foo Fighters, a AC/DC, a Red Hot Chili Peppers y a Guns N’Roses. Para llegar finalmente a su música: los vídeos de Johnny Cash actuando en la cárcel, y el sonido roquero de Detroit personificado en Iggy Pop, protagonista de la portada y con el que se cierra la novela.

Entre medio, se teje una trama sencilla. Martina se enfrenta a sus progenitores en el momento en que muere el padre de su mejor amiga: Vera, que también es un referente para la narradora. Por primera vez, empieza a sacar malas notas y a preocupar a sus padres en el momento en que su hermano mayor ya se ha emancipado. Esto se acentúa con el duelo por la muerte del padre de Vera y la consiguiente huida, con algunos tintes de relación lésbica germinal. En paralelo, la narradora construye su rebeldía desde la búsqueda de su propia música, y esto la lleva a aliarse con distintos personajes, como los muchachos que regentan una tienda de discos, que se convierten en sus cómplices. Pero las cosas se complican cuando su padre, técnico de sonido, pierde el trabajo. Y su hermano se mete en un lío que puede hacer abortar sus planes revolucionarios. Incógnita que no se despeja hasta el final.

Para llevar a buen puerto sus propósitos, Gopegui adopta una máscara. Narra desde la voz de una adolescente de dieciséis años: Martina, que se rebela contra la música de sus padres para buscar la suya propia. Es una voz sincera, por el léxico juvenil y la sintaxis sencilla que utiliza para convertirse en una voz verosímil. Sin duda, la mejor de las estrategias desarrolladas en el escrito. Se me antoja que la clave para que funcione reside en que a Gopegui, la autora, le cuesta muy poco meterse en la piel de esa narradora. Está muy cerca, como si se hubiera imaginado a sí misma con dieciséis años en el 2009, y eso la hace creíble. La narradora combina las referencias a grupos de rock y letras de canciones con el poema más conocido del mexicano Jaime Sabines (1926-1999), una referencia culta más al alcance de la autora que de la narradora. Eso corroboraría mi hipótesis. A través de esa máscara, Martina disecciona muchas de las obsesiones de Gopegui: su particular mirada feminista, su preocupación por la injusticia social, su desprecio por las modas.

No es el único recurso. La narradora es una teconofóbica que prefiere lo analógico a lo digital (p. 85). Y afirma escribir en un cuaderno en segunda persona a un compañero del colegio: Adrián. Un muchacho con el que inicia una relación (se enrolla con él, como diría Martina) justo en la frontera entre la primera y la segunda parte del libro. Un tropo magnífico, como ya me anunciara Eloy Fernández-Porta, porque ese joven es el que más sabe de música en el instituto, el que tiene más discos. Y con ese gesto, Martina se empodera. El lugar desde el que escribe respeta además, la máxima de la narradora sobre la literatura. Esa que afirma: “Si un tipo empieza a contarme algo y me convence, sigo con él aunque su libro tenga quinientas páginas. Cuando lees, alguien está contigo contándote cosas. Y si ese alguien tiene actitud, o por lo menos intenta tenerla, le escuchas.” (p. 72)

La voz de Martina tiene actitud, una actitud roquera, algo que se reitera en varias partes del escrito (p. 89). Y trata de convencerte de su verosimilitud. Lo que no me convence es la selección musical de la autora. No quiero caer en el error de confundir voz narradora con autor. Pero si realmente la máscara que desarrolla el texto esconde a la Gopegui real, la persona lectora se enfrenta a sus gustos. Si es así, muchas veces me desorienta por estereotipada. ¿Quién considera a Bonnie Tyler como un mito del pop más allá de Dalí? O, ¿cómo es posible que padre e hija apenas coincidan en la canción “Grândola, Vila Morena” (p. 145), si no es por las afinidades políticas de la autora? Por momentos se me antoja que Gopegui confunde gusto estético con clases sociales. Y ahí no podría andar más desencaminada. Cualquier sociólogo le explicaría que los heavies de hoy en día son chicos de clase acomodada, hijos de gente con estudios medios y superiores, y no los proletarios chavales de barrio de los años 80. La novela me parece una respuesta estética a Héroes de Loriga dieciséis años después (por ejemplo, en sus críticas a lo fantasioso, a la estética del videoclip, o a Bowie). Pero un estudio histórico detallado del pop/rock anglosajón demostraría que este ha ejercido de ascensor social, de la misma forma que lo hace el fútbol en Latinoamérica. A fin de cuentas, Bowie empezó trabajando de electricista. Y el cantante de Belle and Sebastian era conductor de autobús. No se puede ser más obrero. Si esta afirmación fuera cierta, solo la podría entender por la carga elistista que toda la música anglosajona tiene en las culturas de habla hispana, solo al alcance de los niños bien, donde se pierde ese rol del ascensor social.

Por suerte, en el encuentro entre Martina, Vera y Jimena, la amiga del padre de Vera, se opera un giro que salva todo el texto. La narradora se identifica con el rock de Detroit (p. 134). Uno de los más contestatarios y politizados sonidos rock del siglo XX, personificado en MC5, en The White Stripes o en el que se va a convertir en su héroe: Iggy Pop, el líder de The Stooges. Más tarde se le unirá Johnny Cash (p. 162). Y ahí entiende este lector que Gopegui domina los referentes del pop y el rock mucho mejor de lo que parecía hasta ese instante. Y que ha estado jugando con eso más allá del estereotipo, lo que me parece muy inteligente.

jueves, 4 de mayo de 2017

Pertenecer - Nagari Magazine

Pertenecer - Nagari Magazine


Llega a mis manos Pertenencia: Narradores sudamericanos en Estados Unidos, una antología de autores latinoamericanos no caribeños residentes en los “States”, compilada por Melanie Márquez Adams y Hemil García Linares, y me alegra mucho reencontrarme con compañeros y amigos. Con las palabras de Fernando Olszanski en el prólogo, quien afirma que la idea del libro “fue siempre convocar a narradores de origen sudamericano que residan en Estados Unidos y que nos puedan contar, a través de la ficción, cómo es vivir en el gran país del norte, sin olvidarnos de dónde venimos” (p. 11). Con la prosa autobiográfica y atormentada de ese judío errante que escarba en las zonas oscuras de su familia, como es Gabriel Goldberg y su fragmento de La mala sangre (Interzona). Con la fuerza narradora de Pedro Medina, arrolladora en este caso, tal vez el mejor de sus textos hasta el momento, que en “La casa desaparecida” ha pulido sus armas hasta la excelencia, elevando a nivel literario el dialecto del español que se usa en Miami, en una historia sobre el desarraigo y el abandono del hogar. Con la escritura de Vera, a medio camino entre lo diarístico y lo inventado, cuestionándose continuamente las fronteras entre realidad y ficción en su “Notebook”. O con la solvencia del Chascas Valenzuela, en este caso adentrándose en el drama del SIDA con “El filo de tu piel”, un fragmento de su próxima novela.

Pero, para mayor regocijo, es gracias a estas páginas que ahora releo, como no solo reencuentro, sino que también descubro. Descubro la prosa kafkiana, precisa y profunda de Ariel Dorfman, prestigioso escritor argentino-chileno-estadounidense que no había podido leer hasta ahora, conocido por La muerte y la doncella, la narración simbólica del drama de la represión de las dictaduras en Latinoamérica. En “El evangelio según San García”, Dorfman compone un relato sobre el poder y cómo amenaza a los que se atreven a pensar por sí mismos y elegir sus mentores. Asimismo, descubro a otro judío-latinoamericano-americano como es Isaac Goldenberg, quien en “A Dios al Perú” se ríe de su condición de judío, de su condición de emigrante, de su condición de indígena, y de la religión en un cierre antológico. Descubro la prosa poética y el carácter diletante de Roger Santiváñez en sus “Impresiones filadelfianas”. Descubro el léxico nítidamente latinoamericano para describir lo más oscuro y a la vez deseable, que desarrolla la ecuatoriana Elssie Cano en el fragmento de novela Mi maravilloso mundo de porquería. Descubro el drama de otros emigrantes, en este caso balcánicos, tan desarraigados como los latinoamericanos, en las palabras que desarrolla el peruano José Castro Urioste en “Sasha”. Descubro el influjo de los Billies en el Perú adolescente de Hemil García Linares, uno de los compiladores. Un sugerente relato de la introducción de la cultura pop en Latinoamérica, tal como la trata en “¿Dónde se fueron todos?” También descubro al uruguayo Jorge Majfud, que retrata con una gran veracidad al emigrante mexicano pobre frente a los ojos del gringo de clase media en un fragmento de su novela inédita: Tequila, y que titula “Germán”. Y al también peruano Jack Martínez Arias, que en “Ruinas del Midwest” narra una historia desgarradora pero con tonos pop y un hermoso relato en torno a The Smiths.

Así que reencontrar y descubrir son las dos acciones que mi mente articula en torno a esta antología mientras la leo (o la releo). Son más de los que aquí menciono, los autores que conforman Pertenencia hasta un total de veinte. Todos ellos unidos por ese sentimiento que revela el título, y que articulan mediante historias más o menos elípticas, en su mayoría fragmentos de novela, de esa condición que algunos de sus conciudadanos quieren etiquetar de “aliens”. Ante el incierto futuro que les espera a estos autores, es el momento de leerla.

sábado, 29 de abril de 2017

Había nacido una estrella (del pop literario) - Suburbano



Si Historias del Kronen (1994) hizo ídem en la escena literaria española y la emparentó con la cultura pop, un año antes había hecho el mismo ruido la portada de un libro. Y digo bien, una portada. La de la segunda novela del escritor recientemente premiado con el Alfaguara de novela: Ray Loriga (Madrid, 1967). Se trata de Héroes (1993), por cuyo título ya se abre paso la aureola del pop y, más concretamente, la del recientemente fallecido David Bowie.

Loriga había saltado a los medios tras ser descubierto por Constantino Bértolo, que publicó su primer libro: Lo peor de todo (1992). Héroes era su segundo texto largo. La novela, que había ganado el Premio de Novela el Sitio, es una reescritura de la narrativa de Samuel Beckett desde el ámbito de la cultura pop. Un joven del que no sabemos nada decide encerrarse en su habitación tras comprobar que sus sueños de convertirse en una estrella del rock no se van a realizar. Abandona su anodino trabajo y sus obligaciones y desde su refugio hace volar la imaginación, que es lo que se refleja en los breves textos que conforman la novela. Como afirma el narrador a mitad del escrito: “Por ahora solo quiero estar encerrado. No quiero volver al colegio de los idiotas, ni a la universidad de los idiotas, ni a la fábrica de los idiotas. No quiero ser el dueño de una sonrisa navegable. Vístete con lo mejor que tengas, y corre a tu cuarto. Nadie puede sacarte de allí.” (p. 55)

Pero no sucede nada en su vida, como con los personajes de Beckett. La novela se sostiene por el estilo, que es alto, como el de Beckett, además del tono sentencioso marca de la casa de Loriga. La gran diferencia es el rock & roll, que produce en el narrador unos sueños muy distintos de los que tenían las voces del dramaturgo irlandés. Baste comprobar cómo empieza el libro: “Conducía un camión lleno de dinamita por la Plaza Roja cuando se dio cuenta de que ya no había nada que hacer allí. Se acordó de la foto de Iggy Pop y David Bowie en Moscú. Trató de encontrarlos pero no dio con ellos. Así que comenzó a angustiarse y se angustió tanto que se despertó.” (p. 11) En pocas palabras, la novela trata de los sueños rotos de juventud. El narrador sueña con estrellas del rock, con estrellas de cine, con chicas rubias y con amigos que fundan bandas de rock. Le visitan Lou Reed y John Belushi. Pero siempre en su habitación, desde la que mira mucho la TV y escucha música, por lo que su cuarto “[a] veces es la parada de los monstruos y otras veces es el desfile de la victoria.” (p. 113)

Si hago memoria, recuerdo Poetas malditos del rock, el libro sobre la poesía en el rock que me regalara mi amigo Àlex Rigola, el director teatral —qué curioso que Rigola sea un anagrama de Loriga—. Pues bien, Héroes es eso, un libro de poesía sobre el rock, aderezado por la estética que primaba entonces: la del videoclip. La MTV acababa de aterrizar en España y, como muy bien afirma Christine Henseler, Loriga utilizaba ese tipo de recursos para su estética: las portadas de discos, las polaroids y, por supuesto, los videoclips de la MTV. Buena parte de los fragmentos de Héroes parecen guiones para videos musicales escritos por un muchacho al que no le pasa nada. Algo lógico muchos años después, al comprobar la íntima relación del autor con el cine, responsable de siete guiones cinematográficos y director de dos películas. La suya es, por tanto, una prosa lírica, sentenciosa y audiovisual.

Pero qué hay de la portada. La portada no era otra cosa que la imagen del propio Loriga con el pelo largo, dos anillos en sus dedos, uno con el motivo de una calavera, una cerveza en la mano derecha, y la mirada del escritor retando al lector. Tal como dijo el crítico Ignacio Echevarría, el libro se parecía a un disco desde su primer mensaje, que era la portada, hasta la última palabra del texto, pasando por los textos breves que la conforman, a modo de letras de canciones. Este hecho, que puede tomarse como una característica positiva y la muestra de una estética nueva en la literatura española, creó un revuelo importante en la crítica literaria. Por primera vez una obra de literatura pretendía que otra expresión cultural, como el rock, fuera la protagonista por encima de la cultura libresca. Fue algo que no le perdonó una parte de la crítica porque no lo entendió, y que llevó a un acalorado debate. Pero que, por otra parte, conformó la figura pública del Loriga escritor hasta verla tal como la conocemos en nuestros días. Es también un buen tema para reflexionar sobre los límites de la literatura con otras expresiones culturales meses después de que le dieran el Nobel a Bob Dylan, con la controversia que acarreó. La portada de Loriga, con Loriga, fue un preámbulo a ese debate. Cabe decir, en honor a la verdad, que la idea de poner esa imagen como identificación de la novela no fue de Loriga, sino de su editor: Enrique Murillo. Pero con esta decisión Loriga se convertía en la estrella del rock de la literatura española y se iniciaba una relación muy distinta entre la literatura, los autores y la cultura pop.

martes, 4 de abril de 2017

Historias de Mañas - Suburbano



Cierto que existen muchos y sonoros precedentes, en especial entre los novísimos y muchos escritores que se harían famoso en la transición, como Terenci Moix o Vázquez Montalbán. Sin embargo, creo no engañar a nadie si digo que la relación actual de la literatura española con la cultura pop, con su carga contemporánea de violencia, drogas y sexo, da un giro brusco con la irrupción en el panorama literario de Historias del Kronen (1994), la primera novela de José Ángel Mañas (Madrid, 1971).

La novela, finalista del por entonces prestigioso premio Nadal, es un drama moral acerca de la falta de valores de la juventud española de la década de 1990. Carlos, el protagonista, un niño pijo, es un personaje incapaz de sentir empatía por el prójimo mientras colecciona borracheras, polvos a cara de perro con la novia de un amigo y escenas extremas, producto de su ansiado deseo de vivir al límite, como conducir en contra dirección por la M-30, la ronda de circunvalación de Madrid. Ni siquiera la muerte de su abuelo paterno parece suponer un cambio en su actitud. Al contrario, da la impresión de que ese revés acentúa su crueldad. Ese in crescendo de violencia tiene su punto culminante con la muerte por sobredosis de otro personaje: Fierro, en su propia fiesta de cumpleaños. Muerte incitada por Carlos. A partir de ahí serán l@s lector@s quienes deberán enfrentar el conflicto moral que subyace. No les adelantaré más porque esa tensión, propia de la lectura, debe encararse de forma individual.

La historia y los personajes del escrito se vertebran en torno a un bar musical ficticio: el Kronen. Y en ella el autor demuestra su oído para plasmar las voces de la calle y el lenguaje juvenil, y su buen hacer para levantar tramas en las que la moral y la ética de los personajes resultan un invitado inesperado. Además, como afirma Christine Henseler, se le debe reconocer al autor su apuesta por introducir elementos estéticos propios del cine norteamericano y de la música pop, de los que la literatura española se encontraba bastante huérfana en aquellos años. Sin embargo, la novela tiene una deuda con American Psycho, de Bret Easton Ellis, maestro de la inmoralidad extrema. De hecho, parece que las deudas literarias foráneas están en la nómina de Mañas. Según David Pérez Vega, su segunda novela: Mensaka (1995), se construye de forma análoga a Trainspotting, de Irvine Welsh. Si eso es cierto, Mañas debe haber leído el libro de Welsh en inglés, porque su traducción al castellano no se publicó hasta 1996, cosa que desconozco totalmente.

En Mensaka también existe una tensión moral, en este caso de cariz socioeconómico, entre el batería de clase obrera que trabaja de mensajero y los dos primos de clase media alta que acaban de conformar el grupo: Fran, el guitarrista, y Javi, el bajista. Esa tensión, que dirige la trama, acaba mal, como se podrá comprobar, pero contiene pasajes memorables, como el del robo en la casa de la familia de Javi. Ahí y en la estructura del texto, que coincido con Pérez Vega  que está bien pensada, se sigue viendo el buen hacer de Mañas. Pero, en el resto de los elementos: el uso del lenguaje (a veces elevado, otras coloquial, sin un criterio que lo estructure), el carácter verosímil de la trama, los giros y un precipitado desenlace, se vislumbra lo que sucedió después. Que Mañas no volvió a estar a la altura de su primera novela, tal vez porque los tiempos y los gustos cambian con los años.

Historias del Kronen fue el símbolo literario de una generación que justo entonces emergía a la vida y no se sentía representada por la cultura dominante. Por esta razón se encasilló muy pronto a Mañas en la denominada Generación X española, de la que ya no saldría o, al menos se le ha hecho muy difícil desembarazarse. Lo cierto es que no supo evolucionar dentro de los cada vez más ramificados estilos de la literatura. Esto se observa no solo en Mensaka, sino en textos posteriores como Sonko95, en donde el autor pretende introducir elementos metaliterarios con el mismo poco éxito que le acompañaría en adelante.

Sin embargo, no deberíamos sentir mucha pena por Mañas. Su primera novela es de obligada lectura en todos los programas graduados de EEUU que se precien. Forma, por tanto, parte de la historia de la literatura española. En cierta forma, su éxito es como una estrella de rock: fue intenso, murió pronto y dejó un bonito cadáver. Además, Mañas ha conseguido lo que muchos ansiamos: residir en otro país mientras sus novelas se publican y se realizan versiones cinematográficas de sus textos, alcanzar el éxito por el simple hecho de escribir, aunque fuera únicamente con su primer libro, y poder dedicarse a las letras el resto de su vida. En definitiva, vivir de la literatura. Y hacerlo además desde un sincero homenaje al tipo de cultura pop que siempre le ha gustado, que no es poco.

domingo, 2 de abril de 2017

Una submáquina literaria recién engrasada - Nagari Magazine

Una submáquina literaria recién engrasada - Nagari Magazine


Si bien Coda, la primera novela de Esther García Llovet (Málaga, 1963), era un primer intento de acercarse a la narrativa, un experimento sin coda, Submáquina (Salto de página, 2009), el segundo texto de la autora, es ya una narración con todas las letras.

La novela parte de un difícil presupuesto: presentar la vida de un personaje: Tiffani Figueroa, a partir de breves retazos de su vida. Y hacerlo desde la ficción más absoluta, totalmente ajena a la autoficción y a cualquier tipo de narración autobiográfica, como señala Fernando Royuela en el prólogo. Titánica empresa. Aúna las teorías contemporáneas sobre el yo escindido y la necesidad de la intersubjetividad, para construir al sujeto a partir de las miradas de los otros y la confesión propia, aunque sea ficticia. Y las combina con la tradición del personaje en literatura.

El libro se estructura en una serie de capítulos que coinciden con las partes de un revólver y avisan de que la novela negra va a sobrevolar de alguna forma la narración. La persona lectora se encuentra así, de bruces, con un antiguo novio de Tiffani, un coach, o más comúnmente, un entrenador personal, que evita entrar en las trampas dialécticas de su interlocutor en una serie de diálogos construidos con la perfección de la ambigüedad y el doble sentido, y con un excelente cierre. Pasa a conocer la primera experiencia sexual de una adolescente que quiere llegar preparada a la que debería ser su primera cita y degenera en una historia triste. La historia de sus “bodas brutas” (p. 40), como ella misma la califica. Se sumerge en una compleja trama de realismo sucio y relato policíaco en el territorio que cubre desde los suburbios del DF hasta la frontera mexicana con EEUU, en donde Tiffani, ex policía, se desempeña al límite de sus posibilidades y su melena rubia teñida, y comete un terrible crimen. Aunque como avisa la contra, “tal vez lo horrible hubiera sido no cometerlo.” A continuación lee la confesión de la prole abandonada por la protagonista. Y contempla a Tiffani ganando a las cartas una y otra vez, jugando al póquer con cartas de familias, en un bar en el fin del mundo. La narración concluye frente a una Tiffani cuarentona y ya mayor que casa a su hijo y flirtea con el joven camarero que la atiende, con quien la une un nexo de su pasado.

La fuerza de las escenas, de una literatura contada en escenas, la influencia del cine anglosajón en imágenes como: “Caminaba sin prisa, la ropa un poco grande y la cabeza a la sombra de la hiedra” (p. 85), la mesura a la hora de elegir las palabras y las metáforas, la figura de Bolaño y el gusto por el policíaco y el realismo sucio son las señas de identidad de este relato de largo aliento y ritmo endiablado. Excelente continuación de su primera entrega, en donde la autora se atreve a la compleja construcción ficticia de una vida junto a otros personajes rotundos, como el manco Maffei, el rusito Pogo, Edison o la Repa.

Sin embargo, pese a lo cierto de las palabras de Pogo cuando dice: “la vida es lo más raro que me ha pasado nunca” (p. 103), la novela adolece de los problemas de los que siempre adolece la ficción que pretende ser realista: que muchos de sus pasajes resultan inverosímiles, como el abandono del padre matemático, segundo marido de la Tifa, de sus obligaciones familiares tras la huida de la protagonista. El intento de crear un ambiente familiar desolador le juega aquí una mala pasada a la autora. Eso y la confusión que por momentos preside el escrito son los únicos peros que le encuentro a esta narración, magnífica por lo demás.