domingo, 4 de febrero de 2018

Muy buen intento - Nagari Magazine

Muy buen intento - Nagari Magazine



En una entrevista a Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) en el blog de Vicente Luis Mora: Diario de lecturas, el primero echa en falta “una gran novela acerca de la inmigración”, que para la fecha de la entrevista es ya una realidad cotidiana en la sociedad española. Desconozco si otros autores han hecho caso de las palabras de Menéndez Salmón. Pero puedo asegurar que la primera novela de Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977): Intento de escapada (Anagrama, 2013), trata de eso. Lo hace a partir de una clara propuesta estética que se presenta al lector sin ambages y desde el plano artístico, que es el que mejor domina el autor.

Qué puedo decir de esta obra, sino que es un ejercicio de estilo excelente de altísimo nivel. Se trata de una obra con un lenguaje muy cuidado y a la vez sencillo, en donde apenas se utilizan metáforas, pero que se desarrolla a partir de un léxico muy rico y muy bien seleccionado.

La novela se desenvuelve a través de la voz en primera persona de un crítico de arte que rememora el final de su etapa formativa en la Facultad de Bellas Artes de Murcia —más adelante se sabrá que esa voz es el alter ego del autor—. Y en la historia tiene un papel fundamental la relación del protagonista y narrador: Marcos, con su profesora de arte contemporáneo: Helena.

El escrito empieza fuerte, con menciones a autores contemporáneos conocidos por su estilo transgresor para con el arte y reflexiones profundas al respecto:

“El arte contemporáneo es contemporáneo del mundo digital y es ahí donde hay que ir a buscarlo. El problema es que la información está dispersa y, en ocasiones, es contradictoria. Es uno mismo el que tiene que construir el texto, como si fuera un DJ, montando las diversas páginas en un orden, cortando, pegando y reestructurándolo todo. Conocer, más que nunca, se ha convertido en un acto de montaje.” (p. 30)

Resulta el caso de Bob Flanagan y Santiago Sierra, citado en el texto como Jacobo Montes según ha reconocido el propio autor. Pero la intención final de esta novela es narrar lo sucio y vacuo del mundo del arte que el narrador en un principio sublima, tal como muestra el propio Montes en sus juicios, y como la idealizada Helena reflejará con sus actos. Se trata de una novela de formación o un Bildungsroman.

El narrador articula su tesis a partir del mundo de los emigrantes. Montes quiere realizar una acción artística en la galería de arte que dirige Helena, y quiere que la tragedia de los emigrantes sea protagonista. Para ello eligen a Marcos como asistente de artista. Será él quien se enfrentará a los emigrantes y, a la vez, al proyecto artístico que idea Montes.

Este lector debe reconocer que en un principio no le gustó el primer acercamiento al fenómeno migratorio que realiza el autor, cuando el protagonista se está documentando para asistir a Montes. En concreto, me refiero a la visita al locutorio que hace el narrador (pp. 86-90). En esta escena se representa al emigrante con una imagen idealizada, como un objeto que contemplamos —en especial, la imagen de la madre boliviana mirando a su hija a través de la pantalla, en silencio, que se me antoja cursi, azucarada—. Sin voz y, por tanto, incapaz de errar. Reconozco que ahí me asusté. La literatura que trata a los desfavorecidos corre el riesgo de objetivarlos en su idealización. Eso sucede con los negros de Joseph Conrad, a los que pretende defender pero nunca da voz, como denuncia Edward Said, tan alejados de los negros de William Faulkner que tanto incomodan al lector porque nadie les defiende —la brecha de calidad entre Conrad y Faulkner es considerable, mal que le pese a muchos escritores contemporáneos en español—. Para el caso de la emigración, ese es un discurso peligroso, pues solo convence al convencido y es incapaz de erosionar el discurso anti-emigratorio frontal de la extrema derecha, que presenta al emigrante como alguien que viene a aprovecharse. Solo desde una fenomenología de los hechos, en la que se juzgue a cada individuo por sus actos, independientemente de su origen, se pueden generar encuentros éticos y así romper esta dicotomía.

Por suerte, si alguien domina la frontera entre objeto y sujeto a partir de su formación teórica es Hernández. Todas mis dudas en el tratamiento de los emigrantes se disiparon de un plumazo en la primera interacción “real” del narrador con un grupo de emigrantes. Se trata de la escena en que Marcos quiere entablar conversación con un grupo de subsaharianos y estos entra a la fuerza en su vehículo pensando que pretende darles trabajo (pp. 104-108). La narración es tan hilarante y absurda, y muestra un grado tan elevado de incomunicación, que plasma a la perfección la dificultad de esos encuentros éticos que mencionaba en el párrafo anterior. Eso supone el paso del objeto al sujeto en la novela, y prepara a la persona lectora para el verdadero encuentro ético, que se desarrolla entre Omar y el narrador (pp. 109-113). Ahí el personaje de Omar se humaniza, escuchamos su voz de escritor y podemos llegar a comprender sus polémicas decisiones posteriores. Es en este proceso posterior de Omar donde tiene lugar el desengaño del narrador con el arte, cuando observa que está vacía y que se aprovecha de vidas en franca situación de desespero. Este desengaño corre en paralelo con el desengaño sentimental que Marcos sufre con Helena, un personaje que se revela de lo más cínico. A partir de ahí la tensión que dominará el libro será la de saber qué le ocurre a Omar.

Es de agradecer que un escritor como Miguel Ángel Hernández, que atesora un elevado nivel teórico, dé pistas a este lector de sus fuentes, con la mención, entre otros, del teórico del arte Hal Foster, y su obra: El retorno de lo real (p. 128), para permitir una interpretación de sus coordenadas estéticas más adecuada. Es así como resulta fácil interpretar la iconostasis que el narrador cita repetidas veces, para explicar el proceso que utiliza Sierra para distanciarse del dolor real que desprenden sus obras. Es la pantalla-tamiz lacaniana que protege al artista de la abyección que muestra su obra (Foster, p. 153).

El libro se cierra con la descodificación metaliteraria del texto. El narrador nos confiesa que ha inventado “[n]ombres, lugares, situaciones, personaje” (p. 230), para poder narrar lo que de verdad ocurrió sin comprometerse. Se trata, por tanto, de un producto artístico, una novela. El autor ha tenido claro en todo momento que el artista finge. Él también ha fingido por boca del narrador. Solo así puede mostrar que él también se volvió cómplice de la farsa del arte contemporáneo sin engañar a quien lee esta novela. Ahí radica la verdad de esta mentira. Ese es el proyecto que parece iniciar Hernández, el de la recreación artística de la realidad a partir de una verosimilitud fingida: el retorno de lo real. El autor lleva tan a rajatabla su plan en esta primera novela que su narrador hasta se despide haciendo explícito su agradecimiento al ficticio Jacobo Montes, a su inexistente fundación y a la imaginaria Helena Román. Todos los agentes que han orquestado su desengaño. Así se cierra esta magnífica primera novela que, al entender de quien esto escribe, cumple con creces las peticiones de Menéndez Salmón aunque desde una voz autóctona. Lo hace desde un proyecto estético muy definido.

martes, 30 de enero de 2018

Un adiós agridulce al Llop - Suburbano

Un adiós agridulce al Llop - Suburbano


Me gustaría no tener que escribir este texto. Seguir con mi serie sobre literatura española y cultura pop. Componer las dos últimas entradas que cerrarán la serie. Pero las cosas son como son y la vida transcurre como lo hace, sin orden ni concierto. Así que tendré que dedicar este escrito a un suceso que no me gusta, como es la desaparición de la editorial El LLop Ferotge, radicada en Girona y dirigida por el poeta y agitador cultural chileno Jorge Morales. A la espera de la fiesta de despedida, que tendrá lugar en primavera, la editorial cerró la persiana el pasado 1 de diciembre con la presentación del que será su último título: Palamós, l’últim bosc(h), del poeta Esteve Bosch de Jaureguízar (Palamós, 1964).


Girona, una ciudad idealizada hoy, era un desierto cultural hace unos años, como demuestra el testimonio de Roberto Bolaño. Hoy día, es un hervidero de recitales poéticos, pases documentales, presentaciones de libros y otros eventos que han colocado la ciudad en el mapa cultural catalán. De ese hecho es artífice, entre otros actores, Morales, que pergeñó una red de recitales poéticos periódicos en distintos espacios de la ciudad, visibilizó nuevas voces, fundó una revista con el también poeta Albert Compte (1960-2007) y, posteriormente, creó un sello editorial en el que aparecerían algunos de esos poetas junto a otros autores consagrados como Antoni Casas Ros o Ponç Puigdevall.

Hablo con Morales en la que será su última presentación en la ciudad de Girona, la del poemario de Josep Domènech Ponsatí, Preqüela, celebrada el 16 de noviembre en la Casa de la Cultura de Girona. Me dice que se trataba de eso, de recuperar el espíritu de las vanguardias, de construir realidad desde el arte, de seguir los consejos del Arturo Belano de Los detectives salvajes. Sabe bien de lo que habla. No en vano, Morales fue el artífice del homenaje que el ayuntamiento de Girona dedicó a Roberto Bolaño, con la inestimable ayuda del librero Guillem Terribas. El homenaje consistió en la inauguración de una calle con su nombre. Fue un acto que no estuvo exento de problemas. Se tuvo que posponer porque en la primera fecha que se había reservado aquello era un erial. El día en que finalmente se inauguró, el 18 de junio de 2011, a punto estuvo de fallar toda la infraestructura. Pero al final ahí estaban Salomé Bolaño, hermana del autor, Jorge Herralde, Ignacio Echevarría, Rodrigo Fresán. Bruno Montané (Felipe Müller en Los detectives salvajes) y Patti Smith, que se presentó por sorpresa para agradecer la obra de Bolaño y cantar a pelo (aquí el vídeo del acto).

Otro ejemplo de las dificultades que tiene la cultura para expansionarse por estas tierras había sucedido antes, en 2008. Aquel día Morales, que ya había echado a andar su revista, se extrañaba ante el hecho de que un escritor de tanto vuelo como Bolaño no fuese lo suficientemente importante como para bautizar el nombre de la biblioteca de la población en la que residió durante 18 años: Blanes. Tan solo daba para poner su nombre a una sala de lectura. El mismísimo Enrique Vila-Matas levanta acta de esta escena.

Y ahora, aquella iniciativa cultural que Morales comenzó junto a Albert Compte, y que siguió cultivando para tapar el vacío de su marcha, ha llegado al final. En palabras de Morales en otra conversación reciente, el trabajo al frente de El Llop Ferotge “exige muchas horas” y en su situación actual no se lo puede permitir. Pero hay más razones para abandonar ese sacrificio. Después de haber “logrado publicar obras importantes, -como la de Ponç, valores emergentes, como Eva Bussalleu, o incluso dar cabida a autores minoritarios pero con una caja de resonancia suficientemente potente, como Albert Soler-, necesitaba imperiosamente dar un salto adelante.” Era un salto que requería de una mayor distribución, unas finanzas consolidadas y cierto capital.

“[N]o podíamos continuar viviendo a expensas de las subvenciones públicas, muy caprichosas”, afirma Morales. Y sigue: “Entre ventas y ayudas públicas los números salían solo para cubrir los gastos básicos de producción (impresión, maquetación y diseño), pero el trabajo del editor y de los correctores se ha visto no remunerado, o remunerado muy por debajo del valor en horas del trabajo realizado.” Sé que él no lo quiere decir públicamente pero lo digo yo. El Llop Ferotge salió adelante todos estos años gracias al sacrificio personal de Morales y a la ayuda de sus colaboradores, en especial los correctores que, y eso sí lo afirma Morales: “ofrecieron su colaboración a sabiendas de que no serían remunerados o que cobrarían muy poco.”

En mi opinión, es una mala noticia que este poeta y promotor cultural latinoamericano afincado en Girona haya decidido plegar velas. Desde luego, han faltado apoyos, de tipo institucional pero no solo, también desde otros puntos del tejido cultural catalán. Pero Morales quiere tener un recuerdo positivo de su tarea: “por las publicaciones, por la calle Bolaño que empieza con una escuela y está llena de jardines”, y por la celebración, que vendrá en primavera. Y no quiero contradecirle, así que solo queda agradecerle los 11 años de trabajo, los también 11 números de la revista, los cientos de recitales poéticos y los 37 libros publicados. Pero no puedo evitar despedir al Llop Ferotge de forma agridulce.

martes, 2 de enero de 2018

El mapa inconcluso de Barcelona - Nagari Magazine

El mapa inconcluso de Barcelona - Nagari Magazine


Conocía Barcelona Inconclusa (http://www.barcelonainconclusa.com/), el blog de Laureano Debat (Lobería, Argentina, 1981), periodista argentino afincado en Barcelona y amigo. Lo consultaba con asiduidad y había leído buena parte de sus entradas. Algunas de ellas fueron incluidas en el monográfico sobre Barcelona que publicó Nagari en papel, que yo ayudé a coordinar junto a Eduard Reboll. Así que cuando la editorial Candaya decidió publicar el libro inspirado en el espacio virtual: Barcelona inconclusa, pensaba que su lectura no me iba a sorprender. Me equivocaba. La versión en papel de la investigación periodística de Debat cristalizada en una suerte de crónicas sobre Barcelona, me muestra a un autor que ha crecido, que maneja de forma admirable los datos, que ha asimilado todas las lecturas de estos últimos años, como se observa en la primera entrada: “Barcelona como una ficción inconclusa”, que ejerce de prólogo. En definitiva, que se ha convertido en un narrador más completo, y Barcelona inconclusa, el libro, es la prueba. Teniendo en cuenta que las entradas que figuran en el escrito ya no lo hacen en la página web, el espacio virtual se convierte en una extensión que construye un diálogo con la obra física.

En los intersticios de esas líneas respiran otros libros que sé que Debat ha leído. Principalmente, se respira a Hunter S. Thompson porque el narrador de Barcelona inconclusa practica una suerte de crónica gonzo inspirada en el periodista suicida norteamericano pero con una mirada propia, más tierna. Para narrar una carrera popular, Debat se inscribe y corre los once kilómetros aunque saque el esófago por la boca. Para saber lo que ocurre en el interior de una marcha ciclista reivindicativa, aparca su vehículo de dos ruedas compartido con Bicing y alquila una bicicleta como Dios manda: “con asiento fijo y freno de pedal.” (p. 62)

También se intuyen otras obras, más enraizadas en la realidad local. Es el caso de la crónica “Flyers a la parrilla”, que recuerda Yo, precario, el libro de Javier López Menacho, pero en clave argentina. Si López Menacho diseccionaba una galería de oficios contemporáneos, a cual más esperpéntico, Debat se maneja repartiendo flyers en la confluencia entre el Passeig de Gràcia y la calle Aragón, junto a la Casa Batlló. Lo hace para un asador argentino cuyos dueños le exigen una entrega incondicional. Sin embargo, lo que el cronista extrae de esa experiencia no es un buen pedazo de carne sino finos juicios sociales sobre la ciudad, como este: “Sibaritas y mundanos son caminantes que el Passeig de Gràcia reclama, necesita y fabrica. La avenida de la burguesía catalana pujante, el emblema de la ciudad europea se mantiene vivo, sobre todo, gracias a ellos.” (p. 27)

La condición argentina recorre transversalmente el escrito y lo estructura. El primer bloque de entradas describe el aterrizaje del cronista en Barcelona. No porque conociera la historia que encierra “La vida en rouge”, deja de ser impactante. Esa crónica del joven periodista argentino que comparte piso con dos prostitutas es la que dota a Debat de voz propia. De ahí pasará a la búsqueda de trabajo, de otro piso menos ajetreado en un casting contemporáneo, hasta insertarse en la ciudad, ser un inconcluso más.

El clímax del libro se alcanza con la lectura de “Anubis se viste de Ziggy Stardust”, la investigación que reconstruye el perfil biográfico de Juan Andrés Benítez, muerto de un infarto tras ser reducido y golpeado por un grupo de mossos d’esquadra. Debat se desempeña a conciencia en esta entrada, reconstruyendo la vida del fallecido, tanto en su Jerez natal como en Londres, realizando una crítica a los medios de comunicación y estructurando el texto a partir de Pepe, el bóxer del fallecido. El autor se muestra como lo que es: un periodista como la copa de un pino. Soberbio.

Para entonces, Debat se encuentra plenamente integrado en la ciudad inconclusa. Escribe un texto sobre la industria de la moda que ha surgido con la eclosión del independentismo y se atreve con una manifestación españolista no tan multitudinaria. Hace uso de sus hábitos para componer crónicas de consumo, pero sigue utilizando su disfraz gonzo para hablar de perros o para cubrir un congreso esotérico.

Curiosamente, cuando el narrador se mete entre las baldosas del territorio que habita, es cuando siente la melancolía por la tierra natal. Lo hace escribiendo crónicas con forma esférica: un partido de la selección Argentina de fútbol en el mundial de Brasil, y la celebración por Racing de Avellaneda a trece mil kilómetros, no sin sufrimiento. Esa pequeña crisis se solventa con la crónica focalizada en algunos de los barrios más humildes de Barcelona: Ciutat Meridiana, Can Peguera. Para terminar con un muy buen cierre por partida doble. 1) El texto dedicado a uno de los eventos emblemáticos de la Barcelona comercial y emprendedora: el Mobile World Congress; y 2) la entrada “Barcelona ciudad abierta”, dedicada al festival arquitectónico Open House. En ella, el cronista se desplaza de un lado a otro de Barcelona en metro para cubrir el evento, y construye una telaraña que sirve a las mil maravillas para tejer el cierre narrativo de esta Barcelona que nunca concluye.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Sinceridad filial- Nagari Magazine

Sinceridad filial- Nagari Magazine


En los distintos intentos experimentales que han enriquecido la historia de la literatura, la naturaleza individualista de la literatura occidental ha pretendido reinventar muchas veces la estructura del relato como una nueva forma de contar historias, sin pensar que esa estructura es una construcción social colectiva de las buenas historias, como demostró Vladimir Propp. Curiosamente, esas voces “experimentales” no tienen en cuenta muchas veces la dificultad que existe al tratar de explicar la experiencia desde ese corsé formal, que puede llegar a ser un ejercicio más experimental que el propio experimentalismo. Qué incómodo resulta percibir lo artificial de la crisis que acontece en el último tercio de una novela que se está leyendo con gusto, y qué provechoso resultaría utilizar esa estructura, crisis incluida, para plasmar en el caos de nuestra existencia las cosas que de verdad nos han importado. Da lo mismo que nunca se alcance la objetividad cuando el placer reside en sumergirse en lo que se cuenta. Pero para ello cabe renunciar tanto a la idealización individualista de autor como al concepto de genio, y utilizar otras varas para medir la imaginación, ya que experiencia todos atesoramos llegada una edad. Afortunadamente, hace ya unos años que la experiencia vivida, lo autobiográfico, el testimonio plasmado en el papel, están tomando protagonismo en el mundo literario. Aquí se ha tratado del tema en más de una ocasión, aunque no siempre el autor lo haya resuelto de manera brillante. Pero para hacer justicia a este autor del que voy a hablar hoy, y de la crítica en la literatura española, pues el texto ganó el Premio de la Crítica en 2011, cabría escribir sobre uno de los libros pioneros en esta tendencia. Se trata de un libro en el que asuntos familiares reales construyen el centro de la trama, no es otro sino Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968).

El tercer libro de largo aliento de Giralt Torrente —que no la tercera novela—, hijo del pintor Juan Giralt (1940-2007) y nieto del prestigioso escritor Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999), está dedicado al primero. A diferencia de otros textos de esta temática que he leído, el narrador deja claro pronto que no se va a esconder tras cualquier tipo de máscara de ficción: “Hablar por primera vez con la propia voz. Una sensación nueva que aturde: no poder inventar.” (p. 13) Se aleja de forma explícita de la ambigua autoficción: “Aunque mi oficio supuestamente sea el de imaginar vidas, no puedo imaginar las distintas posibilidades de la mía.” (p. 122) Eso le va llevar a hacerse preguntas de calado sobre la escritura autobiográfica: “¿Cómo construir con la memoria una historia equilibrada cuando tan sólo disponemos de una mirada, y esa mirada está tamizada, influida además, por nuestro propio ser único?” (p. 49) A partir de ahí el autor-narrador muestra la tremenda complejidad de desnudarse ante la audiencia lectora. No pretende agradar. Y el conflicto que subyace entre padre e hijo, que es grande, se desarrolla a través de una historia de burgueses bohemios y decadentes, pese a que en muchos momentos pasen graves dificultades económicas. Además de la separación de los padres y del temprano abandono del progenitor de sus obligaciones morales, se narra la gran renuncia de la madre y el hijo: la pérdida de la asistenta interna (p. 46). Y se habla del dibujo que Joan Miró le dedicó al autor (p. 40). O se menciona la esmeralda que el autor-narrador regala a su mujer para su boda (p. 95). Ese es el nivel. Pero se agradece esa sinceridad después de leer y escuchar a tanto poeta del pueblo de familia bien que se arroga la representación de las clases bajas. Al menos Giralt no engaña a nadie. La parte en que más me carga, sin embargo, es la de las justificaciones propias y ajenas, que se pueden encontrar en las páginas 138 y 139. ¿No basta con narra la vida para que la persona lectora saque sus propias conclusiones? ¿Hay que dirigirla?

En cuanto al estilo, el uso de recursos estilísticos elevados que embellezcan el texto brilla por su ausencia. Apenas se utilizan metáforas y estas son muy contenidas (“me pregunto si mido bien el carillón de recuerdos con el que pretendo acercarme a una objetividad imposible” [p. 72]). Se utiliza muy a menudo el presente y se narra buena parte de los hechos de forma notarial, como el tono del duelo que aquí se cuenta. Se mantiene así hasta el final, pese a atravesar pasajes trágicos. Eso muestra que el autor-narrador ha pensado mucho la relación íntima entre la forma y el contenido, y en que la enfermedad del padre no apantalle el resto de la narración, el resto de su vida, como se observa desde el arranque del libro. Ya solo por ese magnífico arranque, en el que el autor avisa del uso preferencial que va a hacer de la repetición como recurso estilístico, merece leerse.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Johnny Thunders en Barcelona - Suburbano

Johnny Thunders en Barcelona - Suburbano


Una vieja estrella del rock en su declive, aguantando a duras penas la guitarra en una esperpéntica gira, puede convertirse en terreno abonado adecuadamente en un momento mítico de ese escenario geográfico, sobre todo si es de segunda fila. Las visitas de Johnny Thunders (1953-1991) a Barcelona son quizá uno de los episodios determinantes de la literatura pop recreada en la Ciudad Condal. A la que tuvo lugar en 1986 y a los múltiples yonquis y camellos que conoció el cantante de Nueva York, dedica muchas páginas Sabino Méndez en la aquí reseñada crónica: Corre, roquer, poniendo especial interés en la anécdota del yonqui que le acompañó a comprar heroína en el Chino, y que se acabó convirtiendo en el fantasma del cantante. También en una visita de Thunders a Barcelona se inspira la aclamada novela de Carlos Zanón (Barcelona, 1966): Yo fui Johnny Thunders, pero lo hace a partir de otro fugaz concierto, este escondido a mitad de camino entre el recuerdo y la leyenda, el del Magic de 1989, solo dos años antes de la muerte del cantante y guitarrista.

Thunders se apoya en un músico local: Mr. Frankie, para ocultar su deplorable estado en aquella actuación. Mr. Frankie, también conocido como Francis, es un músico de punk-rock que tiene que volver a su barrio tras haber fracasado en su intento de triunfar en el mundo de la música. Ahora es un alma rota, un ex drogadicto que tiene que volver a vivir con su padre, un anciano con un pasado también turbio. El viejo está acusado de abusar de su hija adoptiva: Marisol, hermanastra de Francis, en su tiempo enamorada del protagonista cuando era joven, y ahora embarcada en una relación con el maduro dueño de un bingo. Sera su amante el que le conseguirá un trabajo de guardia de seguridad y, más tarde, mensajero, que le permita a Francis obtener el dinero necesario para seguir viendo a sus hijos, sobre todo al mayor: Víctor, ante la demanda de su ex mujer.

Es este medio ambiente sórdido el que le permite al narrador bucear en las miserias del pasado de Francis cuando pretendía ser alguien importante: Mr. Frankie. Se suceden los excesos del pasado, las vidas rotas, las esperanzas quebradas. También ese pasado es el que introduce el rock con naturalidad en la narración: los locales roqueros de Castelldefels, la calle Escudillers, los hippies, el punk campando a sus anchas por Barcelona, un concierto a media luz el año 1993 (págs. 215-219)... La cumbre del protagonismo de la música la experimenta la canción “Debaser”, de The Pixies. Se introduce un análisis de la canción en el capítulo 33 “Chien Andalusia” (págs. 220-224); para después llevarlo a la práctica en el siguiente capítulo, en una fuga frenética que muestra claramente que el narrador ha entendido el ritmo (págs. 225-229). “Debaser” es una de las canciones más frenéticas de The Pixies, forma parte de Doolitle, el segundo LP de la banda, y puedo asegurarles que escuchar esa canción, que tantos recuerdos me devuelve, y leer ese capítulo 34 de Zanón: “Niño mutante”, provocan sensaciones hermanas. Nunca antes había tenido una experiencia tan epifánica entre literatura y rock.

El rock, sin embargo, es la banda sonora que acompaña una sórdida historia de literatura negra, una historia de barrio protagonizada por matones de medio pelo y viejos ex delincuentes que pretenden una vida más cómoda regentando negocios más respetables, como el actual novio de Marisol. Es una trama que pone a prueba a los personajes, con todas sus poliédricas caras. En ese punto, a la persona lectora le chirrían ciertas convenciones de un género artificial como es el noir. Pero eso acaba no siendo un problema. Lo más destacable en esta novela, es la construcción arquetípica de esos perdedores que habitan sus páginas. Si para este lector el problema de la narrativa de Méndez es su engreimiento, este brilla por su ausencia en el narrador de Yo fui Johnny Thunders. Para numerosos críticos, el autor se emparenta con Vázquez Montalbán. No diré que no porque existen paralelismos, pero para mí, los personajes y las descripciones psicogeográficas también recuerdan mucho a Marsé.

Estamos hablando, por tanto, de literatura. Zanón se inició como poeta, pero no es la suya una prosa poética, sino una escritura sencilla que pierde el compás en algunos momentos. Sin embargo, la fuerza de los personajes, sobre todo la del protagonista principal, Mr Frankie/Francis, compensa con creces las carencias estilísticas. Yo fui Johnny Thunders puede ser una novela negra. Pero, si se obvian los necesarios clichés del género, es una novela de la vida real, con las miserias cotidianas y los lugares oscuros de las personas que la habitamos, que a uno le traen a la memoria a amigos y a antiguas parejas, los que están y los que dejaron de estar, pero que han poblado su universo personal, y eso solo es posible gracias a una buena novela, como la de Zanón. Lástima del titubeante final. Cuando la emoción se encuentra en el punto más álgido, el narrador la disipa.