domingo, 10 de septiembre de 2017

Las vidas de los otros - Nagari Magazine

Las vidas de los otros - Nagari Magazine


Después de mucho tiempo de querer cumplir con la promesa que le hice su autor, por fin encuentro un hueco para dedicarme a la lectura de El Asturiano, la novela de José Luis Fernández Ortega. La sensación predominante, una vez finalizada la lectura, es una suerte de emociones encontradas, como las que tiene el protagonista de Volver a empezar, la película que supuso para José Luis Garci (Madrid, 1944) el premio Óscar a la mejor película extranjera del año 1983. Aquella historia del asturiano que volvía a su tierra con la triste mirada violácea de los astures tras un largo exilio, como consecuencia de la Guerra Civil española, tiene paralelismos con la novela de Fernández Ortega. En ambas se saborea el regusto melancólico del retorno a esos paisajes de olas cantábricas, riscos agrestes y cielos nublados. La novela contiene carencias que la película atacaba sabiamente. Pero superadas esas limitaciones, que aquí se matizarán, a partir de un cierto momento, el libro se lee bien, ha envuelto a este lector y, sobre todo, consigue su objetivo, que es el de levantar acta de una vida, la de Calixto: El Asturiano.

Para empezar, cabe decir que, aunque el texto esté bien escrito, el lector se topa con erratas y expresiones confusas, como la confusión ortográfica que existe en torno al sonido s, que aparece más de una vez (“Haz hecho bien” en p. 16), la enumeración de sustantivos anglosajonizada (“sobre su hombro y brazo”, p. 19), que elimina el artículo propio del español que acompaña a los nombres por razones de género, o los simples fallos tipográficos (“regresar si mayor dilación”, p. 20), además de algunas cacofonías, entre otras cosas. Errores subsanables con una corrección de estilo final y una atención más continua en el estilo de un autor que en otros pasajes es capaz de esta guisa: “el cielo es prístino” (p. 53). Pero el mayor defecto de la primera parte del libro es la ausencia de tensión. Inspirarse en el entorno familiar, en personas de carne y hueso que se han conocido, y en historias orales, encierra el peligro de la condescendencia. Creo que en ciertos momentos el autor peca de eso. Es difícil ver a la estructura básica de la sociedad, como lo ha sido la familia en los últimos 2000 años, como un grupúsculo carente de conflicto con las luchas de poder que se dirimen en su seno. Si a ello se añade el poco tiempo del que disfrutamos hoy en día, de forma que las novelas deben enganchar al lector desde el primer minuto si no quieren caer en el olvido, esos dos argumentos lastran el inicio de El Asturiano. El autor trata de subsanarlo con el recuerdo reiterado de una pelea del protagonista, que vuelve a su memoria en sueños y es la escena que cataliza los dos viajes del Asturiano a Cuba desde su tierra natal. Pero se me antoja insuficiente, a veces por repetitivo y otras por previsible.

Curiosamente, a partir de un punto de la narración si se observa ese conflicto (concretamente, a partir de la parte V, en la página 118), y el interés por el escrito es creciente a partir de ahí hasta el final. Se trata del pasaje en el que se cuentan las vicisitudes de esa pelea, el enamoramiento de Calixto y María Elena, el subsiguiente viaje de polizón de Calixto y la primera llegada a Cuba, en paralelo con el inicio de la Guerra Civil española, que afectará años más tarde y de forma dramática a los hijos del protagonista. A partir de ahí la historia de Calixto y su familia enganchó a este lector con la tensión que se genera entre Eulalia, la segunda mujer del protagonista, y los hijos del primer matrimonio recién llegados a Cuba, con la angustia de los damnificados en el conflicto civil español que desconocen la suerte final de algunos de los suyos, con la progresión de José Danilo en el trabajo, con las descripciones del trabajo del pailero en aquella Cuba prerrevolucionaria…

Me sorprende que el autor no haya iniciado la narración ahí, pudiendo incluir los pasajes adecuados de la primera parte de la novela, a modo de flashback, más adelante, técnica que no es ajena a Fernández Ortega en la segunda parte, y que maneja con soltura. Esa estrategia estructural, a mi entender, haría ganar muchos enteros a un libro que se lee con gusto y despierta el interés por el motivo principal del libro: la recuperación de una de las tantas vidas anónimas que han sustentado la historia de la humanidad.

Este último punto me lleva a una reflexión más general. Recientemente se ha revelado un éxito el tratamiento literario de lo autobiográfico, en especial, con autores como Karl Ove Knausgard, Elena Ferrante o Sergio del Molino. Mi muy admirado Rodrigo Fresán lo critica en una entrevista que aparece en la versión impresa de la revista Jot Down. Pero con la acumulación de relatos biográficos se abre una puerta a la autoría colectiva y a relegar por fin al autor a otro tipo de función creativa ajena al estrellato cultural. Bien es cierto que, con la excepción de Ferrante, que ha tratado de mantener su anonimato, los otros autores están muy lejos de cualquier tipo de autoría colectiva. Al contrario, hacen profesión de autoría y de su construcción mediática en sus relatos autobiográficos y en sus opiniones. Sin embargo, a mi parecer ese cambio es solo cuestión de tiempo. La ficción que defiende Fresán estuvo sacralizada en la literatura desde el inicio de la modernidad. El gran autor elaboraba buenas ficciones y el relato popular, que también contenía elementos ficticios, resultaba inferior y mediocre. Creo que es hora de reconsiderar ese juicio. Recientemente leí Brooklyn Follies, de Paul Auster. Aunque es un novelista irregular, ese escrito, que se construye desde una estructura oral que recuerda al David Copperfield de Dickens, es muy sugerente en su apuesta por narrar las vidas de los otros. El libro finaliza, precisamente, con esa propuesta, la de recopilar las vidas de las personas anónimas para familiares y amigos. Es lo que ha logrado Fernández Ortega con sumo interés, obviando ahora esas matizaciones subsanables que aquí se mencionaron.

martes, 29 de agosto de 2017

La trayectoria pop de un rompepistas - Suburbano

La trayectoria pop de un rompepistas - Suburbano


Esta serie continúa la radiografía de la cultura pop en la literatura española en Barcelona en una trayectoria lógica. Tras hablar del Watusi, resulta de recibo hablar ahora de Kiko Amat (Sant Boi del Llobregat, 1971). Conocí a Amat tras entrevistarlo para el monográfico de Nagari sobre Barcelona, aunque sabía de su obra previa y de ahí mi interés en hablar con él. Después hemos coincidido un par de veces. Pero en la última pareció sinceramente incómodo y no me acerqué ni a saludarle. Supongo que se trata de Barcelona, de la atmósfera nociva que se respira en los ambientes literarios de una ciudad que, como afirma uno de sus personajes, “te hace hibernar” (El día que me vaya no se lo diré a nadie, p. 194).

Así las cosas, como no tengo deudas con el autor, ni espero nada de él, este no es un texto que pretenda congraciarse, ni hacerle un guiño, ni dar jabón, ni nada por el estilo, sino un ejercicio de crítica honesto y justificado. Amat es un símbolo de la cultura pop en la literatura catalana escrita en castellano, tanto desde la literatura como desde la prensa escrita, no solo por la reivindicación de ciertos autores, sino por el uso sistemático de las citas musicales que realiza, y es de justicia que aparezca en esta serie.

Aquí trataré sobre las novelas en las que Amat pone a la cultura pop en el foco central: El día que me vaya no se lo diré a nadie (2003), Cosas que hace BUM (2007) y Rompepistas (2009), dejando fuera su último trabajo de ficción: Eres el mejor, Cienfuegos (2012), todas en Anagrama.

Cabe decir que el primero de los libros: El día que me vaya no se lo diré a nadie, resulta bastante irregular, como es propio de una primera novela. Al carácter naif del personaje masculino se contrapone la dureza de la protagonista femenina: Octavia. Pese al esfuerzo imaginativo que realiza el narrador omnisciente, el libro se me antoja cursi, no por el previsible encuentro sentimental que al final queda abierto, sino por esa apología de la paternidad y la salud que aparece en mitad de una elucubración de Julián (El día que me vaya no se lo diré a nadie, pp. 144-146), y que más recuerda a los atávicos deseos de descendencia de mi padre que al proyecto de un escritor pop. Pero cabe reconocer que la reivindicación de los clásicos del soul (Smokey Robinson, Curtis Mayfield), y de algunas bandas míticas del pop anglosajón (Go Betweens) que realiza el narrador es la propia de un autor que se declara mod. A esa marca de la casa cabe añadir la mención a escritores pertenecientes a los Angry Young Men, como John Osborne. La capacidad de estructurar una trama con distintos personajes y elementos argumentales que operan todos una función en el texto sirve para acabar de componer un cóctel más prometedor que tangible.

En esta línea cronológica que aquí trazo, se observa un notable salto de calidad en la segunda novela: Cosas que hacen BUM. Para empezar. el arranque corta el aliento, además de servir al autor para reivindicar su anglofilia a través del relato biográfico del ficticio Pànic Orfila, alter ego Situacionista y a posteriori vorticista del autor. Pero en los momentos en los que el narrador toma aire, la construcción de las frases destila un tono poético que escaseaba en el primer trabajo: “El septiembre de aquel año fue fresco y dulce, y por las noches el viento traía en brazos a un invierno aún niño, débil, que crecía poco a poco, desnutrido.” (Cosas que hacen BUM, p. 47). También se observa una mayor profundidad en las reflexiones: “Las palabras, por falsas que sean, tienden a quedarse grabadas en la mente. La duda nace de esas palabras” (Cosas que hacen BUM, p. 79).

El escrito narra la biografía de ese alter ego: Pànic, en clave de novela pulp de aventuras. Y créanme que, hasta bien mediado el libro, la historia es atractiva y engancha. Pero a partir del momento en que en el texto se organiza el triángulo amoroso entre Pánic, una joven estudiante universitaria llamada Rebeca, y una pequeña revolucionaria vorticista de nombre Elvira, se diluye la tensión. Y los diálogos, hasta ese momento con chispa, se dejan llevar por los tópicos: “Lo que te jode es que Elvira esté conmigo ahora” (Cosas que hacen BUM, p. 245). A este lector le da la impresión de que el autor engarza, una tras otra, una serie de anécdotas personales sin ninguna estructura que bien podrían haber buscado acomodo en una de las múltiples posibilidades que permite la literatura testimonial, pero no en una novela.

Ahora bien, la selección musical vuelve a ser excelente. La apuesta por el soul y el sonido Motown es más alta aquí si cabe (Cosas que hacen BUM, p. 28). Se observan, también, una serie de coletillas que, con su sistemática repetición, dotan de oralidad al texto. Y a las referencias a los Angry Young Men —en este caso, La soledad del corredor de fondo de Sillitoe—, Amat incorpora los cómics de la Marvel, las sagas de cf y los policíacos de Graham Greene. El compromiso con la cultura pop es evidente, aunque también un cierto clasismo suburbial a la hora de describir a personajes como el “Cansao” (Cosas que hacen BUM, p. 165).

La línea cronológica me hace avanzar y me lleva hasta Rompepistas. A este lector se le antoja que esa es la verdadera primera novela del autor, que los dos trabajos previos son ensayos que le acaban dotando de las estrategias narrativas para escribir Rompepistas. Es la política habitual de su sello: Anagrama, que suele creer en sus autores y darles confianza cuando nadie los conoce y todavía están por hacer, hasta que empiezan a producir obras significativas.

El caso es que esta novela me gusta, me gusta mucho. Se trata de un Bildungsroman de un joven punk adolescente que se enfrenta a los problemas que conlleva la madurez (sentimentales, identitarios, de enfrentamiento generacional con los padres) en un territorio que nunca se menciona por su nombre pero que se intuye que se trata del Sant Boi natal de Amat. Es un relato que hacía falta en la historia de la cultura pop ibérica, tan propensa a contar las vicisitudes de Kaka de Luxe y otras “movidas” de niños bien, pero incapaz de pergeñar una biografía del primer grupo punk español: La Banda Trapera del Río, nacida en Cornellà, muy cerca del ecosistema que describe Amat en Rompepistas.

Qué duda cabe que la historia le va al autor que ni pintada. Pero, además, los recursos que despliega en este texto están mucho más cohesionados y conforman una excelente novela. De entre todos, que son muchos, quiero resaltar la primera parte del libro, el retorno del narrador a su pueblo, un brillante ejercicio de descripción emocional del pasado a través de los sentidos. Después, el léxico de barrio, con sus lapos y su lenguaje coloquial, que el narrador resalta de forma muy ágil. Las continuas coletillas, que dotan de un excelente ritmo y una oralidad verdaderas a la voz narradora: “No preguntéis”, “Échale la culpa al boogie”, “Dar cera, pulir cera,” giros muy propios de la década de los 80. Las catalanadas de un autor de origen catalán que escribe en castellano: “el voraviu”, “¿Te has bebido el entendimiento, Magnum?”. El excelente contraste que el narrador desarrolla entre los verdaderamente “chungos” y los que están simplemente perdidos en la periferia. La estructura, el andamiaje de los recuerdos organizado, esta vez sí, de forma sólida a tres niveles que mantienen la tensión narrativa: el de la relación con Clareana, los de la infancia junto a Carnaval y la historia en sí del narrador. Y la música, la música que acompaña a un joven punk que crece en la periferia de Barcelona en los años 80: The Clash, Generation X, The Jam, The Specials, Stray Cats, sin atisbo de elitismo esta vez.

La novela es excelente aunque no cuente nada especial, como es propio de la buena literatura. Amat acaba llegando a su destino, a la trayectoria que parece haberse propuesto. En la última novela que toco aquí es capaz de enfrentarse a temas mucho más profundos de los tratados en sus entregas previas sin perder el humor ni la apuesta por la cultura pop, y eso se va a seguir palpando en el último trabajo, que aquí no disecciono por razones de coherencia temática. En Rompepistas destacan notablemente la relación con los amigos (los Skinheads por la Paz, esos titanes de clase obrera, y el inseparable Carnaval), la empatía que acaba desarrollando el narrador con el matrimonio en crisis que representan sus padres, y el final, honesto, íntimo y en sintonía con el arranque. Los narradores de Kiko Amat se han hecho mayores pero siguen teniendo la rebeldía de sus primeros libros. Con el apoyo de un estilo más contundente, más sólido, son absolutamente creíbles. Así que mejor no perder de vista los trabajos futuros del autor.

NOTA: Sí existe una historia escrita de La banda trapera del río, la de Jaime Gonzalo, publicada en 2006: Escupidos de la boca de Dios.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Descargo de conciencia - Nagari Magazine

Descargo de conciencia - Nagari Magazine


El llanto de una intelectual ante la tragedia que tuvo lugar frente a las costas de una pequeña isla italiana del Mediterráneo cercana a Malta el 3 de octubre de 2013. Así se podría resumir Lampedusa (2016), la muy breve novela de Maylis de Kerangal (Toulon, 1967).

El texto se abre con el tratamiento de la tragedia que se hace desde la perspectiva de los medios. La autora recibe inicialmente la información de los hechos a partir de lo que le llega de la radio (p. 8). De ahí pasa a rememorar una referencia a Lampedusa proveniente del mundo de la cultura: la película de Luchino Visconti El Gatopardo, que narra la historia de un decadente aristócrata, basada en la novela del mismo nombre, escrita por el también aristócrata Giuseppe Tomasi di Lampedusa. La narradora da una sinopsis de la novela (p. 25) y crea un paralelismo entre la familia del protagonista (Salina) y la familia del autor (Lampedusa). Se trata de la primera referencia de ese nombre en el recuerdo de la narradora, y la comparación Salina/Lampedusa es la que sustenta la primera parte del relato. A partir de ahí, siempre con el mismo encabezamiento al inicio de cada capítulo (“en ese punto de la noche”), se inicia otro relato que describe los hitos, los productos y los espacios que conforman la modernidad europea: “Pienso ahora en esos nombres propios que son topónimos, […] en esas ciudades que se llaman Atenas o Lisboa a distintas latitudes, en esos personajes que se llaman Quijote o Gargantúa, Guermantes o Meaulnes” (p. 28). Se entra a partir de enton ces en un relato culturalista, con menciones a Chatwin (p. 33), a Estrómboli (p. 40), a Foucault (p. 47), que pretende transformar a la narradora en un ser nómada, huelga decir que por comparación con los emigrantes. A continuación, la voz que narra imagina la tragedia (p. 60).

Cabe decir que, pese a la voluntad universalista que trata de sustentar el relato, es un libro con una clara deuda con la modernidad porque se sabe producto de ella, como la emigración. Pero no se plantea preguntas. La narradora toma una pose performativa. Construye sus frases de manera muy hermosa para narrar su identificación con las víctimas de la tragedia: “Para escribir, pensé que había que captar ese canto que subsistía de un tiempo en que el libro no existía más que bajo su forma cantada y me dije que había llegado la hora de buscar a la mujer nómada” (p. 37). Pero no cae en la cuenta de que está frente a un escritorio bien equipado, protegida por los muros de su casa, y muy alejada del sufrimiento que envuelve a las personas con las que pretende identificarse, aunque su memoria pretenda negarlo. Se trata de alguien incapaz de diferenciar entre categorías tan alejadas como emigrante y extranjera, socialmente consideradas de una manera muy distinta, para sustentar su estereotipada condición de nómada. Escribe muy bien pero es incapaz de darse cuenta de que la emigración, los refugiados, las guerras, son producto de ese mismo sistema que ha permitido la producción cultural de autores como Lampedusa, o de personajes como el Quijote, que no es otra cosa sino la modernidad. La narradora en ningún momento va a la raíz del problema, ni se plantea las distintas categorías del emigrante, el refugiado y el extranjero que se construyen ya en el momento en que se funda el liberalismo, con él la democracia liberal y la noción de nación, y se incentiva la libre circulación de materias primas frente a la limitación de movimientos de las personas. Es algo que le extraña a este lector cuando observa que se menciona a Foucault para acabar citando a los grandes personajes de la historia de la cultura europea (p. 49), que tanto critica el filósofo francés en sus análisis y en su disección del poder. Por eso concluyo que se trata de un mero ejercicio de descargo poético para eliminar el cargo de conciencia, que no llega a plantearse nunca el verdadero grado de implicación que tenemos todos en el drama que está teniendo lugar en las aguas al sur de Europa.

viernes, 28 de julio de 2017

Que vuelva el Watusi - Suburbano

Que vuelva el Watusi - Suburbano


Como el matón que se esfuma en el barrio arrabalero y todos dan por muerto, para reaparecer dos años después en medio de la noche dispuesto a ajustar cuentas con nocturnidad, retomo a mi serie sobre literatura española y cultura pop con un traslado y una obra magna. El traslado es desde Madrid a Barcelona, mi ciudad natal. Y la obra no es otra que la trilogía El día del Watusi, de Francisco Casavella (Barcelona, 1963-2008), recientemente reeditada por la editorial Anagrama, y considerada la obra pionera a la hora de plasmar el influjo de la cultura pop en la Ciudad Condal.

Cabe empezar recordando que Francisco Casavella no era Francisco Casavella, sino Francisco García Hortelano. Pero la coincidencia en apellidos con el también escritor Juan García Hortelano (1928-1992), del que era un ferviente admirador, le obligó a cambiárselo. De la misma forma, El día del Watusi no es solo la obra pionera a la hora de representar la cultura pop en Barcelona. Es mucho más. Creo que no exagero si afirmo que resulta un fresco de Barcelona desde el final del franquismo a las olimpiadas de 1992, que tanto critica. Otros ya lo han dicho antes. Se Trata de un tour de force que se extiende desde las chabolas de Montjuic hasta la Barcelona del diseño y la resaca post-olímpica. No en vano, a Casavella se le ha considerado el heredero de Juan Marsé, que retratara la ciudad durante el franquismo.

Esa comparación es, hasta cierto punto, bastante lógica si se tiene en cuenta que los tres volúmenes que conforman el proyecto: Los juegos feroces, Viento y joyas y El idioma imposible, narran el ascenso y la caiga en desgracia de Fernando Atienza. Se trata de un primo cercano del Pijoaparte en lo que es la familia literaria, que debe escribir un informe encargado por Javier Trueta sobre un tal José Felipe Neyra, un supuesto playboy. Ese hipotético lector, con el que el narrador juega denominándolo con mayúscula (Lector), debe descolocarse en una primera entrega en la que Atienza narra el día que le marco la vida y que, en principio, parece no tener nada que ver con el tal Neyra. Por supuesto, es el día del Watusi, en el que se busca a ese misterioso matón-bailarín tras la aparición del cadáver de Julia, la hija del jefe del lumpen de las barracas en las que vive Atienza. Esa primera entrega es pura novela de aventuras inmersa en la Barcelona de las bandas de quinquis, las barracas y los baños de la Barceloneta. Atienza acompaña a José el Yeyé para intentar avisar al Watusi de que le andan buscando y, tras numerosas peripecias, descubre que José es un mentiroso, y que su madre es una yonqui francesa que se prostituye en la Zona Alta. También descubre el sexo y más cosas que no revelaré para evitar spoilers. Tal vez Casavella fuese el heredero de Marsé, pero en este volumen el Lector se encuentra con la mejor versión de Eduardo Mendoza, solo que con más sorna y un humor más barriobajero.

El segundo volumen cuenta el abandono de las barracas junto a su madre viuda, el ascenso en el mundo profesional bancario de Atienza desde su simple puesto de botones y archivero hasta convertirse en la mano derecha de Guillermo Ballesta, alias Boris y alias un montón de cosas más. Y la posible caída que se acaba convirtiendo en desaparición tras el intento de los jefes del banco de ingresar en la política. Aquí pretende el autor representar los convulsos tiempos de la Transición española. Eso que se ha puesto tan de moda con la llegada de la crisis económica y que Casavella narrara ya en 2002. Y a fe que él lo hace de una forma trepidante gracias a la figura de Ballesta. En el primer volumen Casavella ya demostró su capacidad para hilvanar historias dentro de la historia a partir del oído de su narrador y de él mismo. Pero en esta segunda entrega se supera con la oscura vida oculta de Ballesta y las descripciones de las vidas de unos banqueros con unos nombres muy propios de la heráldica: del Escudo, del Yelmo,… Y con la prostitución, el dinero, el intercambio de favores, el lujo y la mierda que se esconden tras el mundo de las finanzas y, por extensión, el de la política, en este período de la historia de España, como se ha acabado por demostrar. Buena parte de la tensión de esta parte se construye en torno al enamoramiento y posterior encoñamiento de Atienza hacia Tina, una chica de compañía de lujo que comparte con su jefe supremo, del Yelmo. La suerte de figuras esperpénticas que poblaron este período de la historia de España queda aquí muy bien reflejada. Cabe resaltar especialmente el personaje de Ballesta, que me parece el conde Mosca de la literatura española reciente. Soberbio.

Después de salvarse por los pelos de una detención segura, Atienza encara la tercera parte de su informe. En ella relata su vida escondida a causa de los miedos que le provocan sus actividades y sus contactos pasados. De esta forma entra a formar parte del paisaje de los bares de la noche barcelonesa, en especial los de la Zona Alta, en donde se desempeña como camello y se hace pasar por nieto de Picasso. Así conoce a Elsa, una loca. Una yonqui encantadora apasionada por seguir a los grupos de música pop de la ciudad que están apareciendo como los charcos tras la lluvia. Pero su relación, convulsa por otra parte, acaba en drama, el drama de la generación que cabalgó a lomos del caballo. Atienza remonta cubriendo su oscuro pasado de mentiras y conociendo a Victoria, la hermana de una amiga de Elsa. Esa, que parece la jugada definitiva para que Atienza acabe trepando hasta una posición social holgada, se trastoca cuando desaparece Elena, la hermana de Victoria. Es en la trama que le sucede cuando el narrador descubre la verdadera historia del día del Watusi. De ahí a revelar la verdadera identidad de José Felipe Neyra solo falta un paso, que cierra el círculo.

El día del Watusi es la obra cumbre de Casavella. Ahí se sintetizan los temas de todas sus obras anteriores: su interés por las historias de los barrios suburbiales y su gusto por la intriga y la tensión narrativa. Esto se combina por una escritura plagada de referencias, muy oral y la vez cuidada, que combina otras estrategias estructurales. Los arranques y los cierres con los que juega el autor en los tres volúmenes, por ejemplo, son magistrales. Y las conexiones entre las historias de los tres volúmenes se entrelazan, con esa continua presencia del Watusi en los tres. La novela obtuvo la aceptación de parte de la crítica, aunque también fue calificada de excesiva. Sin embargo, se la considera infravalorada. Es por esa razón que la reedita Anagrama apoyándose en algunos de sus fervientes defensores.

Se me antojan algunas posibles causas de que un trabajo tan ambicioso pasara desapercibido en algunas esferas literarias, en especial si se tiene en cuenta que los tres volúmenes aparecieron entre los años 2002 y 2003. La primera es la relación del autor con el narrador. Aunque en la trilogía aparecen rasgos de la biografía del narrador (fue botones en La Caixa sin ir más lejos, era muy alto, como el protagonista), no se trata de una autoficción en el momento en que las autoficciones copan buena parte del panorama literario español. El narrador es más viejo que el autor, y Casavella (o García Hortelano) era hijo de un maestro y no habitó las barracas que describe Fernando Atienza y sí un colegio religioso. Se trata de un texto más cercano a la novela autobiográfica, un subgénero denostado en los últimos tiempos por los autoficticios. La segunda es el carácter continuo de la narración en un momento en que lo posmoderno y lo fragmentario lo copaban todo. La tercera, en conexión con la anterior, es la imposibilidad real de la existencia de un personaje como Fernando Atienza, que desde las chabolas acaba codeándose con las élites, finacieras, políticas y culturales de una ciudad tan clasista —no así Ballesta, que me parece un personaje muy real—. Estas objeciones se subsanan pronto si se atiende a dos elementos que sí están presentes en la novela. El uso paródico del lenguaje y las subliminales menciones al simulacro, la parodia (El idioma imposible p. 105) y otros elementos de la teoría literaria. Casavella está parodiando la falsa parodia del posmodernismo, incluyendo la trama conspiratorio-paranoica de rigor, y su narrador ficticio es la clave de esa parodia. La segunda no la recordaba y la reencontré mientras releía muchos de los pasajes de la trilogía para esta reseña. Es la potencia narrativa del autor, que te mantiene pegado al texto durante páginas y páginas sin que te pares a pensar en la fragmentariedad del relato, la crisis de los discursos que pretenden representar la realidad o el carácter ficticio de los personajes, y te hace devorar una historia tras otra, tal como aparecen en la página 324 de Viento y joyas, cuando Ballesta narra su epopeya.

Dicho esto, cabe realizar algunas especificaciones para aquellos que se han dado en erigir en herederos de Casavella, entre los cuales no me incluyo. Se ha escrito mucho sobre la capacidad de utilizar la cultura pop en la narración por parte de Casavella. Sin embargo, el autor es mucho más que eso. La cultura pop aparece de una forma determinante en la última entrega: El idioma imposible. Casavella la retrata muy bien. Muchos de los grupos españoles que menciona eran bastante malos y la mayoría de ellos no han superado la prueba del paso del tiempo, cosa que no ocurre con las bandas extranjeras que figuran. Pero en ambos casos el narrador capta el espíritu, la ilusión que se vivió en aquellos años, a través de los ojos de Elsa y de la participación del protagonista en el grupo Avant-Pop. Incluye también elementos del manga y el anime al convertir a Atienza en guionista de ese género. Sin embargo, en la primera entrega deja mucho espacio para la cultura popular de la rumba y el legado de la cultura gitana en Barcelona que tanto defendió Gato Pérez, amigo del autor, junto con los ritmos y las canciones que los marines traían a los prostíbulos barceloneses, de los que el Watusi es ejemplo, y que es cultura pop, junto con las canciones de Renato Carosone (Los juegos feroces p. 90). Y en la segunda, la horterez que dominó los 70, con Abba, el desembarco masivo de la publicidad televisiva y los ecos de Los payasos de la tele en la memoria. Y lo hace con un lenguaje por momentos elevado, otras veces paródico, con respeto al léxico de la calle en los diálogos, y con una infinidad de referencias literarias, no solo pop, sino extraídas de la cultura clásica (La Divina Comedia en El idioma imposible p. 146), la literatura francesa, y hasta un relato de Borges (El idioma imposible p. 287), incluyendo la importancia de Huidrobo en la trama y el irónico uso de clásicos literarios como Stendhal o Carroll que se hace en Viento y joyas (p. 126). Se atreve, además, con el género de máxima exigencia: la poesía. Y coquetea con la crítica cultural, con la autorreferencialidad (El idioma imposible p. 285) y con el ensayo culto a través del suegro oficioso del protagonista y sus vastos conocimientos sobre el Renacimiento. Es decir, se trata de una obra total, que asimila toda la cultura de su tiempo: la popular y la que no lo es tanto, de alguien que es capaz de expresarse de esta guisa: “estuve enamorado de la chica que mintió a su hermana sobre mi persona sin estar a la altura de ella en ningún aspecto hasta que la consumió su propia ansiedad por detener el tiempo y elevarlo hasta el olvido de los antiguos males” (El idioma imposible p. 215). O que reflexiona así: “nos hemos vueltos sordos y tan ciegos que solo vislumbramos fuegos fatuos en la oscuridad del tedio del mejor de los mundos conocidos.” (Los juegos feroces p. 45) Amat ya hace referencia a esta naturaleza dual de la obra de Casavella en el prólogo, de la misma forma que Zanón referencia la división de la crítica en su momento. Sin embargo, el testimonio de Otero, familia del autor, es el más íntimo. Espero que con el paso de las nubes teóricas que tapaban El día del Watusi, pueda por fin salir de Barcelona y llegar a un mayor público esta novela radiante.

miércoles, 5 de julio de 2017

El sonido de Miami - Nagari Magazine



Pedro Medina León (Lima, 1977) lleva años investigando el sonido de Miami, las voces y las historias que pueblan la ciudad y que no aparecen en los medios convencionales ni en las series de televisión al uso. Empezó con Streets de Miami (2012), continuó con Mañana no te veré en Miami (2013), siguió con Lado B (2016) y ahora nos brinda la cuarta entrega de su proyecto literario: Varsovia (2017)

La suya es una arqueología de las voces silenciadas por la imagen festiva y fashion (si se me permite imitar su estilo por un momento), como se demuestra en el arranque del drama: el descubrimiento de un cadáver coincidiendo con el Urban Music Festival. Su territorio es Miami Beach, el otro Miami Beach. El Miami Beach que habitaran Hemingway y Capone pero degenerado, infestado de negocios de prostitución y tráfico de drogas.

En esta última entrega, Medina da un salto de calidad, con unos personajes más rotundos, que siempre se mencionan a partir de sus sobrenombres excepto el jefe de policía Pérez. De entre todos, sobresale el Comanche, un policía retirado metido a investigador privado, que debe averiguar la muerte de la Kina, una muchacha dedicada a la prostitución y la pornografía, en donde utiliza el nombre artístico de Varsovia, que aparece abierta en canal en las calles de Miami Beach. El Comanche es un tipo duro, experto jugador de billar y buen bebedor que, sin embargo, se deshace de deseo cuando está frente a mujeres hermosas. Su otro punto débil son las finanzas. Tiene contraída una deuda con su compadre: el Consorte, que regenta el bar en el que suele parar, y nunca logra la plata para liquidarla. En especial, si se embarca en investigaciones que no se pagan por puro sentimentalismo.

Y es que nadie se interesa por la suerte de la Kina en una ciudad donde los cadáveres de prostitutas no tienen ningún valor, como le hace saber Pérez al Comanche. Pero este sigue en su investigación empujado por Karina, amiga de la Kina con la que tiene relaciones, y por el impulso erótico que le supone la Polaca, otra prostituta que conoce en su investigación y que le provoca tremendas erecciones. El motor de la libido es el que le lleva tras los pasos de Pacuso, un oscuro personaje metido a productor de cine porno y otros turbios asuntos, que le acabará dando la pista de un asesinato que aquí no se revelan por razones obvias.

Se trata de una novela negra de ágiles diálogos que contiene todos los elementos del género: perdedores, tramas sórdidas, la descripción de los vicios más bajos de nuestra sociedad, y un mensaje social crítico. La versión en castellano del género que mejor ha retratado la ciudad del sur de la Florida en inglés, y del que Medina es un ferviente defensor.

Pero se trata de un castellano muy especial. Varsovia supone para el autor el perfeccionamiento de sus estrategias narrativas. En especial, el autor sublima el lenguaje de las calles de Miami. Esa mezcla entre el español de distintos rincones del cono sur y el inglés, y que lleva a la persona lectora a encontrarse frases como: “Yeah, man, estas clases de summer son candela.” (p. 16) O: “Lo que ganaba el Consorte en su part time vendiendo huevos fritos y café en Los Latinos no alcanzaba ni para pagar la luz de su efficiency.” (p. 27) Medina no se conforma en esta ocasión con el lenguaje de la calle, sino que, mediante ingeniosas estrategias literarias, introduce el español de Miami que se puede leer en la Red, y que contiene algunas de las expresiones más memorables, de las muchas que se pueden escuchar de boca de sus habitantes: “Este es un tratamiento 100% garantizado, señor García. Si después de dos semanas usted ve que no le ha servido, nos llama para atrás y desde nuestros laboratorios del sur de la Florida le enviaremos un tratamiento reforzado for free.” (p. 105)

En definitiva, una excelente arqueología lingüística de la ciudad de Miami y el drama que los hispanos viven allí. No parece que Medina se vaya a detener aquí en su afán por mapear una ciudad a través del lenguaje. Esperamos sus próximas entregas.